A. Garcia / El Sol

Joaquin Flores se quita sus tatuajes en la Providence Tattoo Removal Clinic en North Hollywood.

“Dina” se fue hace tiempo, y es por eso que Matthew García quiere que el tatuaje que lleva con su nombre en su antebrazo se vaya también. Después de varias sesiones en la Clínica de Remoción de Tatuajes de Providence, es apenas visible.

Juan Riebling también está cansado de mirar el pavo real (no pregunte) en su pierna y el “outlaw” (forajido) cerca de su codo. Por ahora está dejando la “bolsa de dinero” bajo esa palabra.

“Se ven bastante feo. Lamento habérmelos puesto”, dice Riebling, de 56 años, que viajó desde Eagle Rock hasta la clínica en North Hollywood.

Son las 8 a.m. de un sábado, y la clínica está repleta. Hay tatuajes en las caras, nombres de mujeres y hombres en brazos y piernas, apodos de pandillas y números por todas partes. Muchos de los pacientes son ex pandilleros o han estado en problemas con la ley antes. Algunos fueron referidos aquí por oficiales de libertad condicional, otros por amigos.

Todos ellos están tratando de dejar esos mundos atrás, pero es difícil cuando la tinta es visible en sus brazos, piernas, cuellos, cabezas y rostros (gotas lagrimales, tres puntos).

Esos tatuajes también los dejan expuestos y se convierten en un riesgo si un ex rival los ve o terminan mudándose a un área donde esa pandilla a la que pertenecieron no es bienvenida.

“La idea es sacarlos de la pandilla y para eso necesitan estar ocupados, salir de esa mentalidad”, dice Karina Cisneros, Supervisora de eliminación de tatuajes de Providence. “Muchos de los clientes que tenemos quieren cambiar”.

“Las personas que quieren borrar su pasado, para que inicien ese proceso, necesitan quitarse los tatuajes”, añade Cisneros.

También hay aquellos que quieren borrar los nombres de la ex novia o esposas – uno de los temas más comunes para los hombres. Las mamás también se presentan para eliminar “Tramp stamp” -tatuajes en la parte inferior de su espalda – que puede haberse visto sexy en su juventud, pero ahora son avergonzantes para ellas o sus hijos.

“Lo que sonaba como una buena idea, te cobra luego”, dijo Cisneros.

Una monja, la hermana June Wilkerson, inició la clínica en 1982  y desde entonces ha estado dando a la gente una segunda oportunidad.

Los servicios son gratuitos. A cambio de las sesiones de eliminación de tatuajes con láser, los clientes deben realizar un servicio comunitario o asistir a clases. 48 horas de servicio comunitario les da acceso a tres tratamientos. Si necesitan más sesiones, necesitan hacer más servicio comunitario.

Si prefieren pagar, cuesta $60 por una sesión para eliminar la tinta de un área del tamaño de una tarjeta de crédito. Eso es barato. La eliminación a base de láser en una clínica normal les costaría alrededor de $175 por sesión, para un área del tamaño de un sello, dice Cisneros.

¿Duele?

La respuesta es sí.

“Es mucho más doloroso quitarte un tatuaje que ponértelo”, dice la Dr. Leah Heap, una de los médicos voluntarios que donan su tiempo en la clínica.

“Me encanta hacer los procedimientos y ayudar a la gente”, dice de por qué lo hace. “Para la gente que viene aquí, recuperan su vida”.

Ella explica que el láser literalmente te quema la piel.

“En el trabajo huele a chicharrones los sábados”, añade Cisneros en un modo de broma.

Ella lo compara a tener gotas de aceite caliente golpeándote constantemente.

“Es realmente doloroso. Duele”, atestigua Samuel Lazalde, de 29 años y residente de Pacoima.

“Es como un caucho que te golpea repetidamente”, trata de explicar este hombre que estuvo involucrado en pandillas y terminó siendo encarcelado mientras era menor de edad y más tarde como un adulto.

Pero cambió su vida. Ahora trabaja para la ciudad de Los Angeles en programas de Summer Night Lights en tres parques.

Tenía 14 años cuando tuvo su primer tatuaje. Tuvo varios más después.

Es un fanático de la tinta en la piel y en la clínica le quitaron bastantes que delataban su vida pandilleril y criminal antes. Algunos no los removió por completo. Lo que hizo fue cubrirlos con mejor arte. Ahora tiene “sleeves” (mangas) en los brazos, pero son imágenes artísticas.

Él admite que titubeó cuando tuvo que pasar por el láser por primera vez, pero sintió un “alivio, escape” después.

“Sentí que estaba empezando otro capítulo en mi vida”, dice.

El tratamiento

Antes de pasar por las sesiones de láser que duran no más de 5 minutos, una enfermera aplica una “crema adormecedora” a los clientes en la zona a tratar. También les revisan sus signos vitales, por si acaso.

Unos 20-30 minutos más tarde se van a una de las habitaciones y la Dr. Heap comienza el tratamiento.

La doctora explica que aquellos con piel más oscura tienden a tener más dificultades para eliminar los tatuajes. Además, la tinta negra, azul y verde sale más fácil que los tintes amarillos y rojos.

Joaquín Flores, de 32 años, ha pasado por 16 tratamientos hasta ahora y ha visto la diferencia.

“Tan pronto como comencé, más gente empezó a hablarme, todo ese estereotipo de negatividad se había ido”, dice el residente de Lancaster a quien le están removiendo los tatuajes de “cuernos” que tenía en su cabeza (ya casi no se le ven) y letras alrededor de su cuello.

Este hombre que trabaja como guardia de seguridad quiere enlistarse en el ejército, pero el ejército no permite ese tipo de tatuajes.

“Arde”, admite del tratamiento con láser, “pero vale la pena”.

¿Recomiendan ponerse un tatuaje?

La mayoría de los clientes dicen que no, otros dicen que depende de cada individuo tomar sus propias decisiones.

Cisneros – que ha visto todo tipo de tatuajes – subraya que si van a ponerse uno, “Asegúrense de que abren la aguja delante de usted y utilicen tinta fresca” para prevenir las infecciones.

“No se pongan nombres de novio/novia porque nada garantiza que van a terminar con esa persona más tarde y piensa dónde se lo van a poner”.

Recuerden, dice la doctora Heap, “un momento ebrio y estás marcado de por vida.”

La Clínica de Eliminación de Tatuajes de Providence se localiza en 6801 Coldwater Canyon Suite 1A, North Hollywood. Para más información, llame al (818) 847-3860.

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