A. Garcia/ El Sol

Fue hace 61 años cuando la vida cambió para muchos residentes en Pacoima. 

Es un día – el 31 de Enero de 1957 – que el Dr. Stanley Capper y su esposa Phyllys, ahora residentes de Sherman Oaks, no pueden olvidar.

La mañana empezó como un día brillante y soleado en el Valle de San Fernando. Alrededor de 800 estudiantes y sus familias estaban reunidos dentro del auditorio de la Escuela Intermedia Pacoima para tomar parte en una graduación de invierno.

Pero sólo unos minutos después de las 11 a.m., se presentó la tragedia.

Un avión F-89 Scorpion proveniente de Palmdale y un Douglas Aircraft DC-7B proveniente del aeropuerto de Santa Mónica – ambos en vuelos de prueba – colisionaron de frente a 25,000 pies de altura, lo que hizo que ambas aeronaves perdieran el control y se precipitaran a tierra sobre la escuela. Imágenes del horrible accidente muestran los restos destrozados de los aviones esparcidos por toda la escuela y la policía, los militares y otros expertos revisando el lugar, algunas partes de las naves aún arden y humean. Los investigadores eventualmente determinaron que los aviones llegaron al mismo punto al noreste de Hansen Dam.

En total, ocho personas murieron en el accidente, incluyendo tres estudiantes de Pacoima, Ronnie Brann, de 13 años y Robert Zallan, de 12, quienes fallecieron en la escuela y Evan Ellner, de 12 años, que murió luego en el hospital; el piloto del jet F-89, Roland E. Owen, y la tripulación de cuatro hombres del DC-7 – el piloto William Carr, el copilot Archie R. Twitchell, el operador de radio Roy Nakazawa y el ingeniero de vuelo Waldo B. Adams. Sus últimas palabras para el controlador de tráfico aéreo fueron: “perdimos el control – estamos girando sobre el Valle. Despídannos de todo el mundo… vamos a caer”. 

El navegante del avión F-89 se había lanzado en paracaídas inmediatamente después de la colisión de su jet casi de frente con el avión más grande. Otros 74 estudiantes resultaron heridos.

Un maestro, John Buchanan, acaba de empezar a grabar la ceremonia de graduación. Linda Latrelle, la oradora de la graduación, empezaba a ofrecer su discurso – irónicamente, abriendo con “Solo tenemos una vida para vivir” – cuando todo cambió.  En la grabación que se puede escuchar en una página de Internet (http://bit.ly/2FYUlEI) se puede oír el choque y un sonido fuerte cuando los aviones se desploman sobre la escuela en un ruido ensordecedor. La fuerza del desplome sobre la escuela fue tan fuerte que abrió las puertas del auditorio.

Autoridades escolares primero intentaron calmar a la gente afligida adentro del recinto al anunciar “fue nada más un avión”. Pero en realidad era la ala izquierda del DC-7B que explotó sobre el suelo, lanzando aceite caliente y pedazos de metal por doquier.

Las partes de los aviones caían sobre todo Pacoima mientras las naves se desquebrajaban en el aire en miles de piezas. Otra parte cayó cerca de la Iglesia Congregacional de Pacoima.

Se determinó que el accidente se debió al error de un piloto y la falla de los equipos de ambas naves de ejecutar procedimientos de “ver y evitar” adecuados en cuanto a otros aviones mientras operaban bajo reglas de vuelo visuales.

La tragedia ganó notoriedad nacional cuando los padres enojados de Pacoima pidieron con éxito a los funcionarios prohibir los vuelos de prueba futuros sobre áreas pobladas. Aunque el Valle de San Fernando era considerablemente menos poblado en 1957 comparado a lo que es hoy en día, ya era el hogar de cientos de miles de personas.

El ruido del choque es lo que el Dr. Stanley Capper y su esposa Phyllys recuerdan muy bien.

“Estaba caminando con mi bebé, que tenía un año de edad, y oí el accidente”, recordó Phyllis. Ella estaba en Encino, a varias millas de distancia y el accidente fue lo suficientemente fuerte como para ser escuchado tan lejos. “Fue un ruido muy fuerte”, dijo.

Capper, que había estado viviendo en el Valle durante un año después de llegar de la escuela de medicina en su natal Philadelphia, trabajaba entonces en el Departamento de Emergencias del Hospital Valley Receiving, localizado a sólo una cuadra de la escuela. Después de enterarse lo que pasó, se fue corriendo al lugar

“Vi a Chicos Gritando”

“Yo fui la primera persona allí, el único medico”, dijo Capper de 89 años, su memoria todavía fresca 61 años más tarde, mientras cuenta la historia en su casa de Sherman Oaks.

“Todos los niños acababan de salir al patio de la escuela. Empezaron a correr cuando los aviones se derrumbaron. Yo vi (a los niños) gritando y llorando y todos los niños corriendo”, detalló Capper. 

Recordó que “todas las lesiones (de los menores) eran en la parte de atrás, ya que (los aviones) explotaron”.

Las lesiones – algunas de ellas severas – estaban principalmente en la cabeza, el cuello y los muslos. Había cortes, fracturas, pedazos grandes y pequeños de metal alojados en diversas partes del cuerpo, “como cuando explota una granada de mano”, relató Capper.

Dijo que los doctores iban de niño a niño tratándolos ahí mismo en el patio. Los casos más severos eran llevados adentro de la escuela para el tratamiento adicional antes de ser enviados a los hospitales cercanos.

“Los doctores escribirían en la frente (del niño) lo que les iban dando y cuánto”, dijo de la morfina y otras drogas administradas a los heridos.

“Era como un campo de batalla. Era como tratar a los soldados heridos, pero eran niños. Eso es lo peor de todo”, agregó.

Capper permaneció en el campus por lo menos dos días, trabajando sin papar y ayudando a tratar a los heridos.

La policía y los militares también se presentaron en el plantel para investigar el accidente y limpiar los escombros. Los periodistas de radio y periódicos también estaban presentes, tratando de dar la noticia a su audiencia y siguiendo el destino de los heridos. Capper se mantuvo alejado de todo eso. “Yo no quería hablar con nadie”, dijo. Tampoco tenía mucho tiempo para hacerlo.

Toda esta odisea fue un momento difícil para él. Capper sufre de angioedema hereditario – un desorden caracterizado por episodios recurrentes de hinchazón severa que es accionado por lesiones, la tensión emocional e infecciones – y el estrés que vivió en esos días le cobró después. Él estuvo extremadamente enfermo por varios días después de volver finalmente a casa con su esposa y bebé.

“Vomitó durante tres días”, dijo Phyllis. “Le pregunté qué estaba mal y no quería hablar de ello”. Sólo se lo dijo varias semanas después.

“Quería olvidarlo”, dijo Capper.

De hecho, él dejó su trabajo en la sala de emergencias y pasó a ser oftalmólogo, estableciendo una práctica exitosa en Encino donde trató a celebridades como el actor John Wayne, entre otros.

Después de jubilarse, se trasladó a México, donde durante 13 años estableció y dirigió una sala de emergencias para personas pobres.

Pero el accidente de avión y su respuesta a esto todavía están con él.

“Pienso en ello todo el tiempo”, dice Capper. “Fue una verdadera tragedia aérea”.

En 1987 el accidente fue destacado en la película “La Bamba” como la razón por la que Richie Valens, el icono de rock de los años 50 y el hijo predilecto de Pacoima, temía volar. Dos años después del desastre en Pacoima, el 3 de Febrero de 1959, Valens murió junto con sus compañeros músicos y compañeros de viaje, J.P. “Big Bopper” Richardson y Buddy Holly cuando su avión ligero se estrelló cerca de Clear Lake, Iowa.

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