Abby Hoberman via AP

Sharon Litwin fotografiada frente a su computadora en su casa de Teaneck, Nueva Jersey, el 15 de abril del 2020. Madre soltera de una hija adolescente, Litwin dice que el contacto virtual con sus amistades la ayuda a salir adelante en medio del encierro por el coronavirus. "A veces necesito conversar con adultos", explica. "Y a veces necesito llorar, algo que no quiero hacer delante de mi hija". 

Madre soltera atrincherada en su casa con su hija adolescente, Sharon Litwin ve a sus amigos, igual que la mayoría de la gente en estos días, por una pantalla. De todos modos, son vitales para ella en estos momentos.

“A veces siento la necesidad de hablar con adultos”, comenta. “Y otras veces necesito llorar, algo que no quiero hacer delante de mi hija”. Dos de sus amigos, en particular, han pasado a ser importantes confidentes con los que habla a diario.

Pero también se dan situaciones en las que llama a amigos cercanos para ver cómo están y no contesta nadie. No sabe qué quiere decir eso. ¿Tienen problemas? ¿Están ellos, o un ser querido, enfermos? ¿O tendrán ellos miedo de que ella esté mal y no quieren complicarle la vida? “No sé lo que quiere decir esto”, insiste Litwin, de 45 años, de Teaneck, Nueva Jesey. “Me preocupo por todo el mundo”.

El enorme impacto que ha tenido el coronavirus en la vida de la gente se hace sentir también en las relaciones con los amigos, que ahora se mantienen a través de la internet.

Los nuevos retos van desde conocer los protocolos de los contactos vía FaceTime (¿llamo demasiado o no lo suficiente?) hasta reevaluar quiénes son los mejores amigos y qué se necesita o se espera de ellos.

Abundan las sorpresas. De las buenas y de las malas.

Hay amigos que una no ve desde hace meses y que de repente se hacen presentes para ofrecer algo que una necesita, como un termómetro para tu hijo o alimentos cuando tú no puedes salir. O el vecino de tres pisos más arriba con el que nunca tuviste contacto y que te dice “avísame si necesitas algo”. O esa persona que rara vez ves y que de repente surge como una voz de aliento que te ayuda a hacer frente a lo desconocido.

Y no falta el amigo que parece insensible o enfocado en cosas triviales, alguien que tú no necesitas en estos momentos.

Tracy Wakeford sabe que es afortunada. Está recluida en su casa de Rockport, Maine, con un porche cerrado en el que pueden jugar sus hijas. Le irrita y poco ver que sus amigos jóvenes se quejan de que no pueden salir.

“Quiero pegarles un tiro a mis amigos solteros o que no tienen hijos y que se ‘aburren’ y no quieren ver Netflix”, comentó Wakeford, de 44, en Facebook.

“Mi hijita está muy apegada a mí. No salimos de la casa”, explica Wakeford, quien tiene hijas de ocho y dos años. Volviendo a esos amigos, dice que “no quiero oír hablar de Netflix ni de cómo están tejiendo una manta en macramé”.