A. Garcia / El Sol

Carmen Cardozo voltea el elote en un asador que ha colocado en la esquina del estacionamiento de un supermercado ubicado sobre el bulevar Laurel Canyon en Pacoima. Es el lugar que escogió desde hace dos años, cuando obligada por la necesidad, decidió empezar a vender en las calles.

Junto a ella está su esposo, Felipe Cardozo, quien cuida el carrito de supermercado donde colocan una pequeña hielera con agua y sodas. La gente se detiene de vez en cuando para comprar un “elote”, uno de los alimentos que se han vuelto sinónimo de las ventas callejeras en la ciudad.

La verdad es que Cardozo sabe que está violando la ley. La ciudad de Los Angeles prohíbe las ventas en las banquetas. Esta semana también prohibió la venta de comida y artículos en los parques.

Pero eso podría cambiar.

El Concejo de la Ciudad de Los Angeles actualmente debate un plan que potencialmente podría legalizar y regularizar las ventas ambulantes. Las regulaciones incluirían otorgar permisos, imponer restricciones higiénicas y reglas de cómo hacer valer estas leyes. También se regularía los implementos para cocinar y la preparación de los alimentos. Habrían permisos de salubridad. Incluso se habla de instituir un programa de calificaciones A-B-C a los vendedores ambulantes que ofrezcan alimentos, similar al que existe para los restaurantes.

El pasado jueves 11 de Junio, decenas de vendedores ambulantes y dueños de negocios que se oponen a su legalización llenaron una sala de reuniones en el segundo piso de la Alcaldía de Van Nuys. Otra reunión similar está planeada para hoy jueves 18 de Junio en el Ayuntamiento de Los Ángeles y otra sesión está pactada para la próxima semana en el Sur de Los Angeles. Después de eso se espera que el Comité de Desarrollo Económico del Concilio decida sobre el tema. Si aprueban el plan, pasaría al pleno del Concejo.

‘NOSOTROS SOLO QUEREMOS VENDER’

Cardozo, de 55 años, que ha vendido elotes en la calle, siete días a la semana por los últimos dos años, fue una de las personas que ofreció su testimonio en la reunión de la semana pasada en Van Nuys. Ella le dijo a la audiencia lo que repite a menudo, ante cualquiera que traiga a colación el tema de la legalización de las ventas callejeras.

“Lo que queremos es vender. No decimos no a pagar un permiso, si con eso nos dejan vender”, dice, mientras voltea los elotes en el asador, asegurándose que se cocinen bien.

Dice que está cansada de siempre estar vigilante ante el arribo de la policía y preocupada que los inspectores de salubridad le decomisen su equipo y los alimentos con los que se gana la vida.

“No queremos andar corriendo, agarrando todo de un golpe y que tengamos un tropezón”, dijo la mujer.

En los últimos cuatro meses, un hombre cuyo nombre desconoce, también empezó a tomar fotos y videos de ella y otras personas que venden en las calles de la zona, para luego denunciarlos a la policía. Ese hombre también ha acosado a otros vendedores ambulantes en el área, y hasta empujó a una mujer embarazada que vendía raspados. Fue arrestado y salió libre después de pagar una fianza.     

Carmen y su esposo tienen miedo de este hombre. Cuando hay policías en el área, intentan esconderse de ellos. Pero hace dos semanas no tuvieron oportunidad de esconderse.

Apenas cuando habían llegado a su lugar de venta una tarde, dos agentes de policía los confrontaron por vender en la calle. Ella recibió una multa y debe presentarse en la corte el 10 de Julio. Todavía no sabe cuánto le costará. Luego de la infracción no salió a vender por varios días, lo que significa que no ganó nada de dinero.

Felipe, su esposo, recibe un cheque de $1,000 por discapacidad cada mes, pero la renta en el garaje que alquilan es de $700 mensuales. El resto se usa para pagar por todo lo demás, y no es mucho. Carmen consigue entre $40, y cuando le va bien $50 vendiendo elotes, que ayuda con los ingresos del hogar.

“Si yo no trabajo, nos retrasamos en los ‘biles’ (pagos)”, dice la mujer de 55 años que sufre de diabetes y presión arterial alta.

Carmen dice que si se legalizan las ventas ambulantes, ella estaría dispuesta a pagarlo y cumplir con cualquier requisito que impongan. También indica que, a pesar de lo que aseveran aquellos que se oponen a esta regulación, ellos sí pagan impuestos.

“Pagamos impuestos en todo lo que compramos”, dijo ella. “Y todo lo que vendemos está limpio. Nunca nadie ha dicho que se ha enfermado por algo que vendemos. No nos resistimos a los permisos, estamos dispuestos a pagarlos”.

UNA COMPETENCIA DESLEAL

Legalizar a los vendedores ambulantes es un tema muy controversial y complicado. Se estima que hay 50,000 vendedores callejeros en Los Angeles. De esos, cerca de 10,000 venden comida.

No todo el mundo apoyo el plan para darles permisos y permitirles vender en las calles.

La Coalición para Salvar a los Pequeños Negocios está compuesta por 700 restaurantes y tiendas que se oponen a dicho plan.

Sigifredo López, dueño de Uniform Kingdom en Panorama City, es uno de ellos.

“Me opongo fuertemente a la legalización de los vendedores de la calle”, dijo el comerciante.

“Yo pango renta, permisos y muchas otras cosas. Ellos creen que con pagar (un permiso de) $50 ya pueden vender en la calle, y no es correcto”, dijo López. “Ellos no pagan por empleados, luz, no pagan por nada”.

El dice que no es justo que él deba cumplir con todas las reglas existentes para los negocios, mientras que hay gente que vende uniformes escolares desde camionetas en los parques.

“Ellos matan mi negocio”, dice.

Y ni le menciones a la gente que vende comida en la calle.

“No es higiénico. Es muy peligroso”, dijo López de forma enfática. Y aunque los legalicen, López duda que el Departamento de Salud Pública tenga suficientes inspectores para revisar a todos los vendedores callejeros.

“Si alguien se enferma por comer en una esquina, ¿a quién van a demandar?”, cuestiona.

BUENOS PARA LOS NEGOCIOS

Pero Fernando Abarca, Organizador para La Campaña de Ventas Ambulantes impulsado por la East Los Angeles Community Corporation, dice que los reportes muestran que las ventas ambulantes no son una competencia desleal para los negocios establecidos.

De hecho, dice que los vendedores ambulantes tienen un impacto positivo en los vecindarios.

“Ellos activan las banquetas y los negocios se benefician al haber más tráfico peatonal”, dijo Abarca.

¿Es una competencia injusta?

Abarca no lo cree. “Es un mercancía diferente”, dice.

Y es que probablemente no puedas comprar un elote en un restaurante.

Y también está el tema cultural. Los latinoamericanos, que están acostumbrados a los vendedores ambulantes en su país de origen, no temen a comprar comida y artículos en las calles. De hecho, muchos lo ven como algo normal, dicen algunos expertos.

Carmen también lo ve como un derecho individual. La realidad es que si la gente no quisiera comprar elotes, ella no lo vendería.

Así que a pesar del miedo que aún siente, sigue saliendo a vender en las calles.

Y ya tiene planes en caso que legalicen a los vendedores callejeros. Ella quiere comprar un asador nuevo y una hielera más grande.

“Porque ya no vamos a tener pendiente (miedo) de que nos la van a quitar”, dice.

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