Gabriel Lerner, 
Editor Emeritus, La Opinion

Seis periodistas han sido asesinados en México este año: José Luis Gamboa de Veracruz, el 10 de enero; Margarito Martínez Esquivel, de Tijuana, el 17; Lourdes Maldonado también de Tijuana, el 23; Roberto Toledo de Zitácuaro, Michoacán, el 31; Ernesto Islas Flores de Tijuana, el 6 de febrero y Héber López de Salina Cruz, Oaxaca, el 22. 

En comparación, en todo 2021, hubo nueve asesinatos. Y 147 desde comienzos del año 2000. 

La situación empeora. 

Y a nuestros colegas mexicanos no solamente los matan: Desde el año 2000, ha habido más de 20 desapariciones de periodistas sin resolver. 

Los ataques a golpes, el robo de materiales de trabajo, las llamadas telefónicas con amenazas, son miles.

La criminalización de las víctimas por los responsables de esclarecer los crímenes es ya común. Investigaciones se dilatan artificialmente. 

Datos a menudo se filtran para revictimizar a los reporteros seleccionados. Como si la vida de un periodista no valiera nada. Los culpables son raramente identificados, arrestados, acusados o castigados.  

Ejercer la profesión periodística en México es hoy casi como dibujarse un objetivo en la espalda, donde los asesinos puedan apuntar. 

Es como vivir en un país en guerra. 

Rodeado de Peligro

El peligro acecha tanto desde el inframundo como desde círculos del poder incómodos con las verdades que destapan nuestros colegas.

No quieren que las verdades que buscan los periodistas salgan a la luz. 

Si son narcos, porque peligran sus ganancias; si son políticos, porque la libertad de expresión es su enemigo y el derecho de la ciudadanía a estar informada, su mayor amenaza. 

En México, como en otros países latinoamericanos, la violencia parece imparable: un centenar de personas mueren cada día por violencia. Casi todos los crímenes quedan impunes.

Cada crimen que no se investiga es una invitación al próximo. 

La semana pasada en la conferencia de prensa matutina del president Andrés Manuel López Obrador (AMLO), los periodistas que asistieron al acto en Tijuana se negaron a hacerle más preguntas, en protesta por estos asesinatos. 

AMLO diferenció entre los periodistas comunes y de calle y la “élite de los medios”, contra quienes tiene un feudo constante e insistía en denunciar.

Pero luego, un colega local leyó entre lágrimas los nombres de los asesinados.

Todos dijeron “PRESENTE”, después de leer cada nombre. También protestaron en las dos casas de gobierno de México.

“Trabajamos bajo la sombra de ser asesinados y nuestros crímenes no se aclaran”, dijeron. 

El mes pasado, los periodistas en al menos 30 ciudades exigieron un alto a los asesinatos. 

“Queremos seguir vivos”, dijeron. Llevaban carteles que decían: “¡Alto a los asesinatos de periodistas, Justicia ya!”, “Defendamos la libertad de expresión”, “La precariedad laboral de los periodistas también es violencia”, “La verdad no se puede matar” y “Abrazos a narcotraficantes, balazos a periodistas”, con fotos de compañeros cuyas vidas fueron truncadas violentamente.

Los periodistas y sus aliados reaccionan; organizan movilizaciones y protestas, apelan al poder ejecutivo. Pero los ataques siguen. Porque el sistema de impunidad requiere que a la injusticia le siga el silencio. 

Y el resultado es la autocensura. Múltiples medios locales mexicanos se limitan a informar sobre espectáculos y novedades del vecindario y casi no reportan balaceras, ni cadáveres, ni siquiera en las redes sociales.

Zonas de Silencio Multiplican

Cuando los periodistas y sus editores, por temor, dejan de informar a la comunidad, la situación se vuelve aún más urgente. 

A los periodistas mexicanos que se están movilizando, expresamos nuestra honda solidaridad con su situación. Apoyamos totalmente sus demandas al poder ejecutivo de protección, esclarecimiento y justicia. 

Si no obra un cambio en sus prioridades el país vecino será un desierto informático, donde el crimen y el desgobierno reinarán desde las tinieblas. 

Y no habrá nadie para desenmascararlos.